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Los borrachos habían abandonado ya las calles para dejar que los más madrugadores las invadieran en su lugar. Pero ellos se habían propuesto ser los últimos en ceder. Preferían abandonarse al frío de la mañana que abrazar la derrota y volver a casa.
No sabían bien si era por el dulce sabor de la rebeldía, o por el amargor del adiós, pero por una o por otra, necesitaban permanecer en aquel lugar. Se les ocurrían locuras de todo tipo para alargar el instante. Aquello era un caos de creatividad. El brainstorming de dos genios funcionando a pleno rendimiento. Existían alternativas de todo tipo. Podrían haber salvado el mundo entero. Sin embargo, en aquel mismo momento sólo importaba salvar el suyo.
Siempre fue mucho más fácil hacerlo en un bar. O en una cama. Y es que el frío nunca acompaña. Sólo entorpece los sentidos. Y el alma.
Tras ingeniar los planes más descabellados, sucumbieron a la evidencia. Sabían de sobras que cualquier intento y muestra de irreverencia les acabaría costando demasiado caro. También económicamente, por supuesto.
Últimamente, sólo parecían existir hoteles a su alrededor. Se habían llegado a preguntar cuántos hoteles, hostales y albergues podría llegar a haber en la ciudad. ¿A cuántos hoteles por ciudadano saldrían? No lo sabían, pero les parecían demasiados.
Tocados y hundidos, se dirigieron al tren. Derrotados. Vencidos. Esperaban sentados en las escaleras a un tren que tardaría 20 minutos en llegar. La obstinación había dado paso a un cansancio extremo y los párpados empezaron a pesar. Se quedaron dormidos. Los dos. En unas escaleras.
Una voz los despertó. El personal de seguridad de la estación les preguntaba qué tren iban a coger. Medio dormidos, respondieron. Les informó de que estaba a punto de llegar y que tenían que apresurarse si no querían perderlo. Pero era demasiado tarde. Para cuando se habían dado cuenta, el tren se había puesto ya en marcha. Maldita estupidez.
Esperaron otros quince minutos más. Y pronto llegó el siguiente. Como si de imanes se tratara, permanecían completamente unidos. Alargando un momento imposible.
Pasaron unos minutos y cada uno seguía su camino. Solo.
El día amanecía triste, gris. Hacía frío. Las primeras luces del día iluminaban las vías. Las estaciones estaban llenas ahora de trabajadores. Parecía que el mundo seguía. Pero ellos sentían que el suyo se había parado de golpe, hacía escasos minutos, en aquel andén.
Últimamente, sólo parecían existir hoteles a su alrededor. Se habían llegado a preguntar cuántos hoteles, hostales y albergues podría llegar a haber en la ciudad. ¿A cuántos hoteles por ciudadano saldrían? No lo sabían, pero les parecían demasiados.
Tocados y hundidos, se dirigieron al tren. Derrotados. Vencidos. Esperaban sentados en las escaleras a un tren que tardaría 20 minutos en llegar. La obstinación había dado paso a un cansancio extremo y los párpados empezaron a pesar. Se quedaron dormidos. Los dos. En unas escaleras.
Una voz los despertó. El personal de seguridad de la estación les preguntaba qué tren iban a coger. Medio dormidos, respondieron. Les informó de que estaba a punto de llegar y que tenían que apresurarse si no querían perderlo. Pero era demasiado tarde. Para cuando se habían dado cuenta, el tren se había puesto ya en marcha. Maldita estupidez.
Esperaron otros quince minutos más. Y pronto llegó el siguiente. Como si de imanes se tratara, permanecían completamente unidos. Alargando un momento imposible.
Pasaron unos minutos y cada uno seguía su camino. Solo.
El día amanecía triste, gris. Hacía frío. Las primeras luces del día iluminaban las vías. Las estaciones estaban llenas ahora de trabajadores. Parecía que el mundo seguía. Pero ellos sentían que el suyo se había parado de golpe, hacía escasos minutos, en aquel andén.





