viernes, 22 de agosto de 2014
27º Amanecer "Em"
Hablar por no callar y escribir por no borrar. Pues vaya rollo. Cuando uno tendría tantas ganas de contar tantas cosas y no puede. Sólo escribe por escribir. Por rellenar los huecos de la temida página en blanco. Igual que el vacío del silencio.
Y qué juguetona es la inspiración, la lucidez, y el humo que va y viene de tantos cigarros encendidos y consumidos sin cumplir su propósito. Y esos días de hastío, de nubes grises y de chirimiri intermitente.
Y qué impredecible la música, que tanto proporciona un día y tanto quita al otro. Y la vida del artista. Del escritor, del músico, del pintor. Esas ráfagas de vida que vienen y van, como el humo del siguiente cigarro que tampoco cumple su propósito.
Quizás podría convertir todo esto en una canción y quién sabe. Una vez más, esa magia de la música, de volver bello todo aquello cotidiano, pero humano.
El humo de un tercer cigarro. Va y viene, lento, contoneándose. Como mi cerebro. Igual debería escribir en inglés. Brain siempre me sonó mejor que cerebro.
Hoy mi mente trabaja en mi menor. Como Warm Shadow, creo.
lunes, 28 de julio de 2014
26º Amanecer. "Reflexiones de una noche de verano"
No sé si es que Eddie Vedder convierte en oro todo lo que toca. Y nunca mejor dicho. Cuando escucho su "I Believe in Miracles" y lo comparo con el de los Ramones, me doy cuenta de cuántas dimensiones puede tener un mismo tema. Cuántas interpretaciones. Cuántos matices.
Mientras los Ramones casi escupen con rudeza su tan deseado milagro, probablemente en un antro infernal, Pearl Jam mece con tanto cariño el suyo que, irónicamente, consigue que me sienta más cerca del nirvana que nunca.
Todo tiene su momento y su tacto. Pero hoy los Ramones se me hacen ásperos.
Me sucede todo lo contrario con Jimi y su "All Along The Watchtower".
Bob, mi querido y amado Bob, a quien tanto admiro y envidio por su talento, hoy cojea. No da la talla ni por asomo. Hasta su armónica tiene más vida que su voz. No sé si tomó alguna sustancia antes de grabar el tema, pero si así fue, debió haberle pedido consejo a Jimi antes. Lo que él tomó, no sé si por veteranía o por calidad del material, le sentó cien veces mejor.
Bob, sin embargo sigue siendo más poeta que músico, por lo menos para mí, y los cimientos de esa torre de vigilancia son firmes y bellos. Solo que en su canción acaban casi en ruinas. Creo que al final es él mismo el que acaba construyendo un castillo made in IKEA sobre lo que podía haber sido el palacio de los palacios.
Bob, mi querido y amado Bob, qué suerte tuviste de que Jimi pasara por allí y fuera un gran arquitecto musical. Consiguió sacar al fénix de tus cenizas y hacerlo volar. Y junto a él, a tantos de nosotros.
No sé si es porque es verano, porque hace calor y llueve. Pero él siempre salva mis noches. Y entonces, mientras lo escucho, las palabras de Bob cobran vida con fuerza. Pienso en que sí, que tiene que haber una salida por algún lado. Solo que quizás no era tan obvia. Quizás no se hallaba tras los carteles de salida de emergencia. O quizás no fuera ésa la salida que buscaba. Quizás es momento de probar cosas nuevas, de seguir buscando. Quizás no es éste mi destino y ya se acerque la hora de mirar más allá. De buscar otra dimensión, otra interpretación, otro matiz.
Quizás siempre ha estado ahí de algún modo. Quizás todos tengamos la habilidad alquímica de la que goza Eddie y simplemente no nos hayamos dado cuenta. Porque, ya se sabe, a veces pasa. Uno se quita las gafas y luego no recuerda dónde las ha dejado. Y, por un momento, se siente indefenso, se siente completamente inútil. El mundo es extraño y borroso. Es imposible ver con claridad. Se frustra, se vuelve loco y rebusca por todos los lugares habidos y por haber. Pero, coño, las gafas siguen ahí, en el sitio más obvio del mundo. Tan obvio que ni lo considera. A veces, incluso, uno las sigue llevando puestas por error. Y erre que erre con que las gafas se desintegraron, como si nunca antes hubiesen estado ahí.
Pero están. El mundo no es lo suficientemente grande como para perder unas gafas. Ni tampoco un sueño. Ni hay tanta oscuridad como para no encontrar una luz, por pequeña que sea.
domingo, 11 de mayo de 2014
25º Amanecer. "El alimento de la vida"
Ahora me acuerdo de Kenny.
Kenny es un precioso pastor alemán que debe rozar los quince años. Anda con la espalda curvada y a primera vista se le pueden contar todas y cada una de sus vértebras. El pobre ya apenas tiene fuerzas para levantar la patita, por lo que, cual cachorro, hace las necesidades casi sin avisar, donde puede.
Conocí a su dueña hace unos meses, mientras lo paseaba por el parque. Yo andaba con mis dos "pequeños", que comparten parecido con Kenny y, como todos aquellos que tienen perro podrán imaginar, fue casi inevitable iniciar una conversación.
"Kenny y yo hemos hecho tanto juntos...", empezaba ella. "A mí me encanta caminar, ¿sabes? Ahora porque ya está mayor, pero nos hemos dado unos paseos y unas excursiones... Solíamos ir de buena mañana a andar, a veces sin rumbo, y nos metíamos por la montaña. Hay unas rutas muy bonitas, hay caminos abiertos por la montaña y esas cosas, pero a mí siempre me ha gustado meterme campo a través. ¿Ves esa montaña de ahí donde está la antena gigante?", me decía señalando a lo lejos, "Poca gente lo sabe, pero si sigues por ahí, hay un poblado íbero. Y en la otra dirección hay un lago precioso. Mira, mira, por ahí".
Supongo que pasó un buen rato hasta que conseguimos despegarnos. Kenny había orinado ya un par de veces y estaba jadeando en el suelo, cansado. Aquella mujer me había explicado las pequeñas aventuras de toda una vida. Pero le ponía tanta pasión a los momentos que había pasado junto a aquel animal que me enterneció. Sentí pena. Miraba a la criatura, que tanto había caminado, tanto había vivido. "Tendrías que haberlo conocido antes.", me decía la dueña. "Ahora ya está tan viejo que apenas damos un pequeño paseo y tenemos que volvernos a casa. Pero de joven tenía una energía y un carácter... Ahora ya está cansado el pobre, ¿verdad Kenny?", le hablaba al perro.
Pensaba en eso una y otra vez. En lo triste que era compartir unos años de tu existencia con una criatura tan maravillosa y verla crecer y envejecer y consumirse. A un ser al que uno podía amar mucho más que a cualquier semejante. Y un día, tras el amanecer, descubrir que ya no estará ahí nunca más.
Supongo que es inevitable. Igual que los preciosos recuerdos que, de vez en cuando, aletean por tu cabeza. Y esa sonrisilla que queda cuando te das cuenta de que sigue ahí dentro contigo, de que quizás esa criatura y su vida fueron, en su momento, el alimento de la tuya propia.
domingo, 14 de abril de 2013
Volver
Sigo siendo de las que piensa que como las primeras veces no hay ninguna.
Pero he de decir que hay segundas, terceras o quincuagésimas veces que las superan de largo.
No sé si esta será una de ellas, pero tengo ganas.
Ganas de volver. Volver a muchas cosas. Volver a muchos lugares.
Volver a mi esencia.
Después de todo, un pedazo, mucho más grande de lo que imaginaba, aún sigue allí. Perdido entre el BT7 1GZ y una buena pinta de música y literatura.
Volver...
¿Se puede capturar la magia de unos días y hacerla perdurar eternamente en tu interior?
Quiero comprobarlo.
sábado, 20 de octubre de 2012
24º Amanecer. "Grunge"
La melancolía de aquellas notas la perforaba. Pero adoraba esa oscuridad. Adoraba volar en ella, sumergirse en toda aquella esencia taciturna, hacerle el amor. Suciamente.
A pesar de saber que, en cierto modo, se hallaba atrapada, se sentía completamente libre. Sólo entonces podía volar. ¿De qué otro modo se podía concebir el alma de la libertad si uno no estaba encarcelado?
Entonces se dejaba llevar, extasiada. Abandonaba su cuerpo inerte y se elevaba. Todo estaba permitido. Todo valía. Todo era bello y eterno. Todo funcionaba.
Todo su ser, lejos de cualquier dimensión, se evaporaba. Fluía. Ya no sentía absolutamente nada.Y lo sentía todo.
miércoles, 10 de octubre de 2012
lunes, 17 de septiembre de 2012
22º Amanecer. "La meta".
Cuando hay tantas cosas que no encajan, tantas cosas que no tienen sentido alguno, y sin embargo, suceden igualmente, cuando hay tantas sensaciones extrañas, de esas que penetran en el cuerpo, la mente y el alma y contaminan todo el ser, cuando mire donde mire, sólo parece haber gris y todo gira en espirales...
En esos momentos en los que no alcanzo a comprender qué está sucediendo y me siento ajena a todos y a todo. En esos momentos en los que aparecen oquedades en las entrañas y el tiempo no parece querer detenerse de su frenesí. En esos momentos en los que vuelve Emily y su poema Pain has an element of blank...
Mientras sólo suena Rocky Votolato o los Red Hot...
Entonces recuerdo ese momento.
Llovía. Fumaba un cigarro tras otro. La noche era oscura y hacía frío. Y estaba sola. Echaba de menos, pero de un modo que nunca había experimentado antes. Me sentía en paz. Sin saber cómo. Había dejado la melancolía atrás y las ideas fluían con rapidez y efervescencia. No lo dudé. Tomé una de las postales de la mochila y el bolígrafo. Y empecé a escribir...
Hacía tanto que no escribía... Y no entendía por qué, pero ni si quiera tenía tiempo a cuestionarlo. Las palabras se plasmaban una tras otra, con intensidad, en aquella postal. Pronto necesité otra. Encendí un cigarro y seguí escribiendo. ¿Qué narices se activó en mí aquella noche?
Una vez acabé de escribir el último rincón de la parte derecha inferior de la segunda postal, paré. En seco. Tenía la primera canción que había compuesto en mucho tiempo. Quizás tres años. Miraba sorprendida los garabatos. Había tardado tres malditos años en sacar algo así. De hecho, no recuerdo haber escrito algo con tanta fluidez en mi vida. Pero ahí estaba, en mis manos.
Pasaron un par de horas antes de que alguien llegara. Reconozco que hubo un momento en el que el frío me invadió y empecé a sentirme extraña. Pero pronto aquello pasó. Todo pasa.
Olvidé unos días aquella letra. La mantenía bien colocada en el atril, con la parte escrita mirando hacia mí. Por aquello de que nunca se sabe. Un día, sentí unas ganas increíbles de tocar y me senté al borde de la cama, mirando aquellas postales. Pronto recuperé una pequeña melodía que tenía guardada desde hacía años. Estaba virgen aún, como si, por alguna extraña razón, no hubiera existido letra suficientemente buena para usarla. Como si yo, inconscientemente, estuviera esperando al momento apropiado.
Aquel era el momento apropiado. Lo digo porque, sin saber cómo, en menos de media hora la tenía toda ligada y grabada. O, por lo menos, un primer proyecto. Decidí enviársela a Laura sin dudarlo. Estaba completamente segura. Como no lo había estado nunca antes. Supe que debía enviársela y hacer que ella la cantara. Tenía el presentimiento de que aquello que había enviado, pronto se convertiría en algo grande. Yo me sentía grande.
Laura tardó varios días en escucharla, pero no le di importancia. Me sentía completamente tranquila al saber que aquel gran éxito saldría a la luz tarde o temprano. Me comentó que le gustaba y que le parecía buena, sin mucho énfasis. No me molestó. Incluso los genios como Laura a veces tardan en darse cuenta de lo que puede comportar un tema así en el mundo.
Algunos días después, me envió un mensaje que me desalentó por completo. Aquella canción le recordaba a otra, que había sido todo un top hit de los años noventa y que conocía a la perfección. No acabé de encontrarle similitudes en mi cabeza, por más que me lo propuse, pero aquello me dejó sin energías. Después de todo, un genio es un genio. Y yo nunca lo fui.
Aunque me comentó que trabajaríamos en ello y miraríamos qué podíamos hacer, decidí olvidar la canción y cantarla en mis adentros, donde todavía seguía siendo todo un himno. Sin embargo, pasaban los días y no podía quitarme esa melodía de la cabeza. Se había convertido en algo tan significativo para mí, en algo tan jodidamente enorme, que sentía que en cualquier momento se iba a acabar expandiendo, hasta colapsar todo mi ser. A modo de válvula de escape, seguía tocándola en la intimidad, para hacerlo más llevadero.
Necesité hablar con Laura varias veces sobre el tema. Un día, la llevé a la sala, y le pedí que, por favor lo intentara. Entonces, antes de empezar, me pidió que tocara la melodía. Y empezó a cantar el hit noventero sobre ella. Sí, tenía un aire. Pero nada que ver con lo que había imaginado. Qué imbécil había sido, ocurre con tantas canciones... El noventa por ciento de las canciones que escuchamos hoy en día tienen los mismos cuatro acordes: Sol, Do, Re y Mim. No era tan difícil que mi melodía encajara con aquella canción. Muchas lo harán, seguro.
Entonces le enseñé lo que yo tenía. E intentó hacerlo. Pero le resultó difícil. Y yo, que me había despojado de toda preocupación, no sentí angustia alguna. Sabía que le iba a costar hacerla suya. Después de tres años sin cantar otra composición que no fuera exclusivamente suya, era de esperar. Pero ahí volvía a estar yo, mis letras, mi música. Y su voz.
La sesión no fue muy productiva, pero obtuve una valiosa lección: El mayor fracaso es no llegar a hacer algo por miedo a fracasar.
Y así es como, en el último ensayo, una vez acabamos todos, antes de que nadie pudiera recoger, sin decir nada, comencé a tocar. Ni si quiera pensé en lo que estaba haciendo, pero allí estaba mi gran éxito. Creo que el bajista lo percibió, porque a los segundos, le había sacado la base a la perfección. Me sorprendí muchísimo al escucharnos a los dos tocar aquel tema, y ver que había encajado completamente la idea. Me preguntó qué era aquello y le respondí que era una canción que había compuesto. Quise enseñársela del todo. Pronto tomé el micro. Me dispuse a cantarla, aunque estuviera un par de tonos por encima del mío.
Curioso era que, en la grabación que había enviado, la voz era un silbido. Había intentado cantarla un par de veces, pero era demasiado aguda para mí y no existía forma de llegar. Y, loca de mí, allí estaba, frente al micrófono, dispuesta a entregarme a cada nota. Sin que la duda de llegar o no al tono existiera en mi cabeza. Es que, de hecho, no existía la posibilidad de fallar. Aquella canción iba a brotar de mis cuerdas vocales del mismo modo que lo hizo de mi alma aquella fría noche de Agosto.
Y arrimando mis labios al micrófono, sin dejar de tocar, empecé a cantar.
"I'm sitting here, on the rain,
smoking all alone my cigarette..."
Joder. ¿Esa era mi voz? No podía ser cierto. Mi cuerpo se estremeció. Pero seguí cantando.
"Thinkin 'bout all these stupid things of life..."
¿Cómo coño lo estaba haciendo? Aquella no podía ser yo. La canción no estaba hecha para mi voz, para mi tono, para mí.... No podía ser real. Y, no obstante, no podía dejar de tocarla. Seguí cantando cada una de las líneas hasta llegar al punto de inflexión, en el que todavía a día de hoy, no tengo decidido cómo acabar.
De pronto, el otro guitarrista, después de haber estado observando con curiosidad, empezó a tocarla, y yo me sentí suficientemente libre como para poder cantarla otra vez, con toda disposición. Y mi voz volvió a brotar con fuerza. Y volví a llegar a cada una de aquellas notas agudas.
Ahora, ambos me preguntaban, curiosos, los detalles sobre las partes. Querían aprenderla. No podía creerlo. Tres años en el grupo, y después de un pequeño rechazo hacia una canción que había compuesto en los inicios, no había vuelto a traer nada más. Y ellos estaban ahí, atentos a cada una de mis simples explicaciones, para poder tocarla.
-Es buena. -dijo el guitarrista.
Yo, a pesar de haber tenido el presentimiento de que el tema iba a causar furor allá donde fuera, me sentía tan sorprendida de cómo habían acontecido los hechos, que no lograba creérmelo.
-Joder, si una canción es buena es buena. -repitió. - Y esta lo es. De verdad.
Lo miraba a los ojos. Afirmaba con seguridad. El mero hecho de haber tomado su guitarra, en vez de guardarla y, por primera vez, emular lo que estaba oyendo, ya dijo bastante. Pero yo seguía en éxtasis.
Pedí a Laura que la cantara. Se negó con cariño. Su voz estaba agotada. Pero, realmente, no hizo falta. Volví a entonarla una y otra vez hasta que fue hora de marchar. Y me empezaba a odiar por ello, porque sonaba tan increíblemente bien... Por un momento hasta dudé de si debía cantarla ella. Aquel pedazo de mi alma brotaba por cada poro de mi cuerpo. Y conseguí vaciar mis entrañas, lentamente, con eficacia, hasta que quedé completamente en blanco. La sala estaba impregnada de mi esencia. Un pedazo de mí se había quedado en aquellas cuerdas de bajo y de guitarra. El micrófono había absorbido una parte de mi ser.
Y me fui.
Lo tengo claro. Va a llegar lejos.
Vamos a llegar lejos.
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